2.12.16

El boicot es feo. La película, también


El estreno la última película de Fernando Trueba, La Reina de España, ha provocado una estúpida polémica totalmente al margen de la misma; polémica que ha desembocado en una llamada de boicot a la cinta. Todo se remonta a hace más o menos un año, cuando Trueba, al recoger el Premio Nacional de Cinematografía afirmó, entre otras cosas, que no se había sentido español en su vida ni durante cinco minutos. Pepistas y españolistas de pro lanzaron el grito al cielo; otros, como en mi caso, nos pegamos un panzón de reír. Está claro que, en este país, no tenemos derecho a opinar libremente, o sino que se lo pregunten al desaparecido y gran Pepe Rubianes, al que le acabaron amargando la vida. Y ahora, le ha caído un castigo similar por sus palabras al director de Ópera Prima.


Pues bien, como he dicho anteriormente, esta condena se ha extendido a ningunear a La Reina de España, esa continuación tardía de la ya irregular La Niña de Tus Ojos. Vale que la película no sea nada del otro mundo; más bien diría que es una mala película, pero no se puede prejuzgar sin verla sencillamente porque algunos le han pillado tirria a su principal responsable. Una pena de país, la verdad.

Dejando este surrealista boicot a un lado, toca centrarse en la película en sí misma; una cinta que recoge a los mismos personajes de la ya citada La Niña de Tus Ojos unos años más tarde: ese elenco de actores y profesionales del cine que, durante la Guerra Civil, se desplazaron a los estudios Ufa de Berlín a filmar una coproducción con Alemania. Ahora, en La Reina de España y contando con los mismos actores (más alguna nueva incorporación), Trueba vuelve a reunirlos y los sitúa en esa negrísima España de postguerra enfrascados en un nuevo rodaje que, en este caso, ha de ser realizado por un veterano director norteamericano, una extraña mezcla entre John Ford y Nicholas Ray.


Penélope Cruz, Antonio Resines, Santiago Segura, Jorge Sanz, Loles León, Rosa María SardàJesús Bonilla y Neus Asensi, entre otros, repiten sus papeles. A estos se les suman gente como Javier Cámara, Ana Belén, Chino Darín  y extranjeros como Clive Revill, Cary Elwes y Mandy Patinkin. Y, de entre todos ellos, no hay ninguno que parezca cómodo con su papel ya que, interpretativamente hablando, se trata de un desastre completo, empezando por los actores foráneos, quienes dan la impresión de pasearse como zombis ante la cámara sin saber que narices están haciendo. Por salvar algún que otro aspecto actoral, quizás remarcar ciertos pasajes de Penélope Cruz (aka Macarena Granada) y, sobre todo, la fugaz y divertida aparición de Carlos Areces quien, metido en la piel del innombrable Caudillo, alegra los últimos minutos de proyección.


Uno de los principales problemas de La Reina de España, aparte de poseer un guión ciertamente nefasto y deslavazado (¡cómo se echa en falta a Rafael Azcona a la hora de urdir un libreto tan coral como éste!), radica en que Trueba no ha sabido nivelar bien la balanza entre la comedia y el melodrama. En ningún momento, a lo largo y ancho de su dilatado metraje, uno no sabe distinguir si nos ha querido contar una historia dramática o una paupérrima farsa sobre el mundo del cine y la política; una farsa, por cierto, repleta de chistes facilones y en nada trabajados. Ya, su primera entrega, era flojita, pero al menos poseía media hora inicial digna del mejor cine de Berlanga. En ésta, sólo brillan unos escasos minutos, entre los que incluyo la jocosa colaboración de Areces reconvertido en el dictador por la gracia de Dios y, ante todo, por ese juego cinéfilo plagado de guiños a la historia del cine de los años 50, tanto nacional como de allende nuestras fronteras.


En definitiva, que si se niegan a ver el nuevo film de Trueba que sea por sus nulos valores cinematográficos y no porque, en su día, el director tuvo la osadía de decir que cuando juega la selección española de fútbol siempre suele ir a favor del equipo rival. Todo el mundo tiene el derecho a opinar lo que le venga en gana. Incluso de despotricar de una España que rezuma franquismo por todas partes.

29.11.16

Entre Casablanca y Londres


Tras la correcta El Desafío, Robert Zemeckis vuelve a la carga con Aliados, una cinta ambientada en 1942, en plena 2ª Guerra Mundial, que transcurre entre dos frentes muy diferenciados, Casablanca y Londres. Como fuerte gancho comercial, el protagonismo de Brad Pitt y Marion Cotillard: él, un agente de la inteligencia británica; ella, un miembro de la resistencia francesa. Juntos habrán de liquidar a un alto mando del ejército nazi, una misión peligrosa en el norte de África que hará que entre ellos surja algo más que una simple historia de amor; una relación que, sin embargo, se verá trastocada por una serie de sospechas preocupantes.


Aliados mezcla, en su trama, el drama romántico con el thriller de espionaje y, para ello, el realizador de la saga de Regreso al Futuro, lo hace a través de una estructura narrativa y una puesta en escena de lo más clásico, aunque sin renunciar por ello a una de las constantes de su filmografía, o sea, a un brillante alarde de efectos especiales que acompañan a la perfección los avatares de la pareja protagónica, al tiempo que le confiere a la cosa un indiscutible (y siempre de agradecer) atractivo visual.

La cinta funciona a sus dos niveles: tanto su historia de amor como la intriga que la termina envolviendo, tienen el gancho suficiente como para mantener al espectador pegado a su butaca. Sin resultar del todo creíble, posee esa misma virtud de algunos maestros del cine de suspense (léase Hitchcock, sin ir más lejos) que, con su savoir faire, fueron capaces de convertir una ficción de lo más inverosímil en una película inolvidable.


Buena parte del mérito del film reside en las excelentes composiciones que hacen de sus respectivos personajes unos vibrantes Brad Pitt y Marion Cotillard y, por supuesto, en esa química que ambos desprenden a lo largo y ancho de su dilatado metraje; más de dos horas que acaban pasando en un abrir y cerrar de ojos. Lástima que, en su parte final, Zemeckis (como buen alumno de Spielberg que es), le añada a su producto un más que innecesario y lacrimógeno epílogo. Nadie es perfecto, como sentenciaría Joe E. Brown.


Entretenida, intrigante, elegante, emotiva y adornada con todos los tics y tópicos del cine clásico por excelencia. Y ya, puestos en plan portera, si a ello le añaden el morbo de la rumorología existente sobre un posible affaire entre el Pitt y la Cotillard, el invento aún lo digerirán mejor.

13.11.16

El retorno del investigador peculiar


Hace cuatro años, Christopher McQuarrie dirigió Jack Reacher, un interesante y vigoroso thriller que, protagonizado por Tom Cruise, recogía las andanzas del personaje del título, un tipo sacado de las novelas de Lee Child tras el que se esconde un exmilitar un tanto fantasmagórico: un hombre difícil de localizar y que tan sólo aparece en momentos puntuales para resolver temas que afecten directamente al estamento militar. Ahora, el tal Reacher reaparece en su segunda entrega cinematográfica, Jack Reacher: Nunca Vuelvas Atrás.

De nuevo Cruise vuelve a ponerse en la piel de su enigmático protagonista, aunque como productor cambia la más contundente dirección de McQuarrie por la de un más irregular Edward Zwick quien, en esta ocasión, se muestra bastante incapaz de dotar a la película de la fuerza que poseía la primera entrega, pues este nuevo Jack Reacher, aparte de entretener, no tiene la energía de la primera cinta.


Ahora, el amigo Jack Reacher vuelve a salir de su anonimato para respaldar a una comandante de su antigua unidad que ha sido detenida acusada de traición. A pesar de la oposición que encontrará en su camino por parte de altos estamentos militares (y también paramilitares), el peculiar investigador, con la ayuda de la acusada, descubrirá un peligroso complot gubernamental, al mismo tiempo que tendrá que lidiar con un secreto de su propio pasado que le podría cambiar la vida para siempre.

La cinta, a pesar de sus múltiples baches narrativos y argumentales, se deja ver, pero no va más allá. No engancha ni resulta tan estimulante como la original, pues Zwick ha realizado un trabajo en exceso plano y un tanto sin alma, así como los secundarios que rodean a un efectivo Cruise (que, por cierto, ya se está haciendo mayorcito y un pelín culón), no tienen, ni mucho menos, la solvencia de los de la anterior. Por mucho que se esfuercen, ni Cobie Smulders es Rosamund Pike, ni Robert Knepper ni Aldis Hodge le llegan a la suela de los zapatos de gente como Robert Duvall o Richard Jenkins.


Además, a mi gusto, este film denota un gran problema que lastra, en parte, la intriga planteada: el del ñoño y cargante personaje de la joven Samantha que, interpretado por Danika Yarosh, se me antoja truculento y sensiblero; una concesión tan comercial como dirigida claramente al público adolescente y sobre la que no quiero insistir más para no caer en el temido spoiler.


Irregular pero distraída gracias, ante todo, a la peculiaridad de las características del interesante y atípico personaje protagonista y a las numerosas ráfagas de acción y violencia con las que se salpican sus casi dos horas de metraje, mereciendo una atención especial al clímax final por las calles de una Nueva Orleans en plenas fiestas.


Espero que si en un futuro hay una nueva entrega de Jack Reacher, se opte por un realizador un poco más práctico y menos formal que Edward Zwick. Todos saldremos ganando.

24.10.16

Entre Harry Potter y X-Men


Pues nada, que Tim Burton, en su nueva película, parece tener la intención de recuperar la magia y esa imaginería visual que tanto le definió en sus orígenes cinematográficos. Su título (de por sí, ya poco llamativo) es El Hogar de Miss Peregrine Para Niños Peculiares; un título enrevesado y difícil de memorizar que, con el paso del tiempo, se le acabará conociendo como “esa cosa de los niños raros del Burton”.


La cinta narra las vivencias de Jacob, un joven que, tras vivir una tragedia familiar, decide iniciar un largo viaje hasta una escuela en ruinas en la que, antaño, estuvo viviendo como interno en su infancia su propio abuelo; una escuela que, ubicada en un remoto rincón de la costa de Gales, estaba destinada a niños con poderes a los que había que mantener alejados de la sociedad. Un bucle temporal hará que Jacob pueda conocer de primera mano a los habitantes del lugar y les ayude en su particular lucha contra las fuerzas del mal.


La propuesta le funciona a ciertos niveles. El universo imaginario vuelve a ser atractivo y ciertamente peculiar. Su primera hora, con un inicio de lo más prometedor, logra mantener al espectador enganchado a la pantalla. Y punto, pues cuando entra totalmente en materia, la cosa se le escapa de las manos y se pierde en un maremágnum llevo de absurdos viajes en el tiempo y en una historia que pierde aceite por todos los lados, en donde lo único que domina es un absurdo festival de efectos digitales que apagan por completo su casi inexistente trama.

A pesar de ritmo que le intenta imprimir, la Miss Peregrine de las narices (más de dos cansinas horas de metraje), aburre hasta extremos impensables y, lo que podría haber sido un relato muy propio del Burton de los primeros tiempos (y más teniendo en cuenta el interesante original literario de Ransom Riggs en el que se basa), se convierte en un insulso híbrido entre la serie de Harry Potter y la de los X-Men.


Lo único destacable del invento, aparte de su hora inicial y para animar un poco el cotarro, se encuentra en la presencia (siempre de agradecer) de Eva Green y las apariciones (por no decir cameos) de gente de la talla de Samuel L. Jackson, Judi Dench, Rupert Everett o del mismísimo Terence Stamp. Al menos, en este film, no aparece el (últimamente) insufrible Johnny Depp, actor fetiche de Tim Burton, lo cual supone un punto a su favor. Todo lo que nos ahorramos sin él, vaya.

21.10.16

SITGES 2016: Jornada 9 y última (de crímenes londinenses y sirenas chinorras) + el Top-Five de Spaulding

Con The Limehouse Golem, el sábado 15 de octubre SITGES 2016 clausuraba la edición de este año. Una pena terminar un festival con una película tan nimia y truculenta como ésta que, dirigida por Juan Carlos Medina (el mismo de Insensibles) desde Gran Bretaña, traslada al espectador al Londres de 1880, cuando una serie de asesinatos brutales tienen lugar en el barrio de Limehouse, siendo tal la magnitud de los mismos que la gente del lugar atribuye su autoría al mismísimo Golem. Aburrida, exageradamente falsa, patéticamente interpretada y, lo que es peor, dotada de una filmación tan plana que da la impresión de estar filmada directamente para televisión. Y ello sin tener en cuenta ese esforzado (y fallido) intento de mezclar el mundo del teatro con la vida real. De vergüenza ajena. Qué triste es ver en pantalla a gente como Bill Nighy, Eddie Marsan o María Valverde totalmente perdidos en medio de la insulsez más absoluta.


Personalmente, cerré el festival con otro título de los que dan mucha pereza ver, The Mermaid, una comedia china de lo más tonta. Dirigida por Stephen Chow -dicen que se trata de todo un experto en el género (es el mismo de la caótica Kung Fu Sion, entre otras veleidades)-, en este caso nos ofrece una historia de amor entre una sirena y un maligno empresario dispuesto a derrumbar su hogar para construir un lujoso complejo turístico; empresario al que, en un principio, tenía que asesinar por encargo de un grupo de sirenas intentando proteger el fondo marino y a su propia especie. Humor amarillo, de ese que me pone los pelos de punta que, de todos modos, debido a su bienintencionado aunque mínimo toque ecologista (vaya, de un ecologismo de andar por casa, ya se pueden imaginar), no llega a ser tan desastroso como era de prever. A pesar de los pesares, es uno de esas films que se olvidan en un abrir y cerrar de ojos.


Y ahora, ya en espera del SITGES 2017 que, entre otras cosas, celebrará (dicen que por todo lo alto) su 50º aniversario. De hecho, la película de apertura ya está anunciada: el Blade Runner 2049 de Denis Villeneuve.

Como ya es habitual desde que cubro el Festival Internacional de Cinema Fantàstic de Catalunya, y después de visionar la friolera de 37 películas en nueve días, les dejo con mi particular Top-Five del Sitges 2016:


Para terminar, un fuerte beso en la frente a todos los colegas con los que hemos compartido inmensas y largas colas para entrar en las salas de proyección y, cómo no y de manera muy especial, a los que me han soportado en más de una ocasión a la hora de comer, cenar o tomar una copa.

19.10.16

SITGES 2016: Jornada 8 (de gafapastadas en el mundo de las pasarelas, lecciones de gran cine, cámaras subjetivas mareantes, virus letales y muñequitas diabólicas)

Y llego la octava jornada del festival, o sea, el penúltimo día del Sitges 2016. Y empezó en el Auditorio del hotel Meliá con uno de los títulos más esperados del certamen, el The Neon Demon del para mí sobrevalorado Nicholas Winding Refn; un film tan complicado como su propio apellido. Y, cuando digo “complicado”, me refiero a que es una nueva tomadura de pelo y otra gafapastada del director. En ella, asistimos a una historia que se puede leer desde distintos puntos de vista (vampirismo incluido, según los más enteradillos del lugar), y que narra, de forma muy plomiza, los avatares y las pajas mentales de una joven (excelente Elle Fanning, lo mejor del aborrecible desaguisado) que llega a Los Ángeles con la intención de triunfar como modelo. Allí, lo único que conseguirá es la envidia de sus nuevas y estiradas colegas, al tiempo que entra en una espiral de crímenes y fenómenos difícilmente comprensibles. Todo ello bajo el prisma de un realizador que se muere por pasar a ser el David Lynch del siglo XXI. Vaya, que no se entiende nada de nada, tal y como sucedía con su anterior película, la igualmente nefasta Sólo Dios Perdona, vista en este mismo festival el pasado año. Todo muy bonito visualmente hablando, pero en el fondo (y de nuevo) caca de la vaca. Cada vez más estoy convencido de que la excelente Drive se la hizo un buen amigo.


Entusiasmado aún con la rueda de prensa de Christopher Walken del día anterior, decidí repetir la experiencia y, en esta ocasión, asistir a su fabulosa Master Clase. Una manera como otra de compensar los desatinos del insoportable trabajo del Winding Refn de las narices.


De hecho, The Neon Demon no sería la única burrada que vería ese día. Después de disfrutar con Walken, me tocó sufrir de lo lindo con una animalada como un templo con la proyección de Hardcore Henry, una ópera prima coproducida por Rusia y Estados Unidos que, dirigida por un tal Ilya Naishuller, plantea una nueva vuelta de tuerca sobre los productos filmados con cámara subjetiva. En este caso, nos tocó el turno de ponernos en la piel de un ciborg preparado para la guerra que, ante el constante acoso de un científico maligno y tocado del ala, quiere atraparlo a toda costa para completar su ejército de soldados cibernéticos. Más cercana a un video juego que a una película, la propuesta del debutante Naishuller está plagada de violencia y acción: es un no parar, con la cámara arriba y abajo, matando a todos cuantos se cruzan en su camino. Una filmación tan alocada que sería aconsejable entrar en la sala de proyección con unas cuantas biodraminas a mano. No busquen nada más que eso: disparos, persecuciones, saltos, mamporrazos y sangre a borbotones. No existe guión ni nada que se le asemeje. En realidad, la trama le importa un pito a su director. La cuestión es correr y correr y meter a saco, como sea, algún que otro guiño cinéfilo -que eso siempre da prestancia-, como el homenaje (nada velado) que le hace a La Dama del Lago (1947), posiblemente una de las pioneras en eso de la cámara subjetiva. Pena, penita, pena.


Ya de noche, de nuevo en sesión golfa, tocó Viral, un film norteamericano dirigido mano a mano por Henry Joost y Ariel Schulman. La cosa es sencillita pero, al menos, no aburre. Un trabajo claramente dirigido a los teenagers del lugar que incide en un tema ya de sobras tocado por el cine fantástico, el de una epidemia mortal que convierte a los seres humanos en verdaderas sabandijas asesinas y sedientas de sangre. Todo ocurre alrededor de una joven y su hermana, ya que ambas, en compañía de algún que otro noviete, lucharán para subsistir en el interior de la casa familiar de ellas, situada, ¡cómo no!, en una urbanización de esas tan yanquis y que tanto encantan a Steven Spielberg. La verdad es que no aporta nada nuevo al género, pero al menos no molesta y se digiere sin mucha dificultad. Eso sí, a la hora de haberla visto, uno la olvida para siempre. Y a otra cosa, mariposa.


Cerrando la jornada, llegó a altas horas de la madrugada un nuevo disparate más: Worry Dolls, una cinta norteamericana de serie Z que, dirigida por Padraig Reynolds, es una de esas llena de actorcillos de tres al cuarto y de guión y puesta en escena ridículamente infumables. En ella, unas extrañas y minúsculas muñecas (las Worry Dolls del título, o sea, unas “muñecas quitapenas”) que habían pertenecido a un brutal serial killer, convertirán a todo aquel que las toque en un asesino sanguinario en potencia, incluida la hija pequeña del caótico policía protagonista; una niña que, al contacto con las mismas, se transformará en una especia de Chuky, el muñeco diabólico. No hay que buscarle la lógica por ningún lado: sólo dejar que la acción (patatera donde las haya) vaya causando estragos y muertes por doquier. Una fantochada de muchísimo cuidado, de esas que, en otras épocas, habrían pasado a engrosar las estanterías del vídeo-club más tirado del barrio.


Otra jornada ciertamente patética. Suerte de la lección de gran cine que nos regaló Christopher Walken.


Y, próximamente, el día final: la novena y última jornada.

18.10.16

SITGES 2016: Jornada 7 (de asesinos de ancianas, actores míticos, cadáveres flatulentos, embarazos agónicos, serial killers viejunos y mediums adolescentes)

Jueves 13, séptimo día de festival. Y, por la mañana, a primerísima hora en el Auditorio, uno de los mejores títulos del certamen, la española Que Dios Nos Perdone, un thriller duro ambientado en 2011, durante una visita del Papa, en un Madrid que nunca con anterioridad se había retratado de una manera tan decadente como lo hace su director, Rodrigo Sorogoyen (el de la contundente Stockholm). Llena de iconografía religiosa y buscando los barrios más abandonados de la capital, Sorogoyen nos narra la historia de dos policías de caracteres completamente diferentes -uno calmado, tartamudo y solitario (genial Antonio de la Torre) y el otro tocado por un pronto violentísimo (brillante Roberto Álamo)-, que se enfrascan en la caza y captura de un serial killer al que le encanta asesinar a mujeres ancianas. Un film policiaco distinto, que rompe con los típicos y tópicos de las buddy movies norteamericanas y que, aparte de resultar acertadamente crítica con la sociedad actual, acarrea un mucho de melodrama en su haber. Traumas del pasado, religión enfermiza por un tubo y, de propina, un fuerte sablazo a la incompetencia de ciertos mandos del cuerpo policial. Francamente, una gozada. Y atención a la sorprendente caracterización de Javier Pereira.


Después, el día no podía continuar mejor, pues tuve la oportunidad de acercarme a la rueda de prensa que dio Christopher Walken, actor emblemático que se acercó al Festival para recoger un Premio Honorífico la noche de la clausura del festival. Allí, el hombre, todo un señor, demostró no ser tan inquietante como aparenta en sus películas. Abierto totalmente a la prensa, nos habló de su carrera, de sus títulos más representativos y de unas cuantas anécdotas más, entre ellas la de la historia del rodaje de una de sus escenas más emblemáticas, la del tête à tête con Dennis Hopper en Amor a Quemarropa, film que curiosamente tuvo su premier europea en este mismo festival. Amable y dispuesto a responder todo tipo de preguntas, dejó a todos los presentes con un buen sabor de boca inolvidable. Todo un genio y un icono del Séptimo Arte. Lástima que a sus 73 años ya se le empiece a ver un tanto envejecido.


De la inolvidable rueda de prensa con Walken, pasé de nuevo al Auditorio para sufrir una de las mayores fricadas de la década, Swiss Army Man, el título que sorprendentemente ha ganado el premio a Mejor Película del certamen. Dirigida por Daniels (que, en realidad, se trata del binomio formado por Dan Kwan y Daniel Scheinert), se trata de una alucinada total (o, mejor dicho, una inmensa tomadura de pelo) en la que se narra la relación que se establece entre un (teórico) náufrago a punto de suicidarse y un cadáver putrefacto y pedorro que el mar ha acercado a la playa. Escatológica hasta extremos increíbles (pedos continuos propulsados por el muerto e incluso morreos con el cadáver), aún no sé muy bien que es lo que pretenden con este invento los Daniels de marras. Supongo que, sencillamente, provocar. Otros, por el contrario, dicen que se trata de una emotiva historia de amor (???) y que se trata de un film muy valiente. Yo, sencillamente, prefiero denominarlo “cosa”. Pues nada, que lo mejor de la “cosa” se encuentra en el trabajo de Daniel Radcliffe en la piel del fiambre flatulento, labor por la que ha conseguido el premio al Mejor Actor del certamen y que eclipsa por completo la labor de su pareja en pantalla, un sosísimo Paul Dano. Lo que ha de hacer el chaval para sacarse de encima el estigma del niño Harry Potter: hasta incluso acepta meterse en la piel de un difunto que no para de soltar ventosidades. Una pena. Y lo peor de todo es que ha entusiasmado a más de uno.


Shelley, vista a continuación en el mismo Auditorio, es otro despropósito simplemente olvidable y totalmente aburrido. De producción danesa y dirigida por Ali Abbasi, cuenta la historia de una joven madre soltera que entra a trabajar al servicio de un matrimonio que vive de forma austera, sin agua corriente ni electricidad, en una casita a en medio de un solitario bosque y que acepta convertirse en madre de alquiler para paliar la depresión que sufre la señora del lugar tras haber sufrido un aborto. El embarazo será de lo más maligno y pronto empezará a tener alucinaciones y dolores de todo tipo. Una especie de La Semilla del Diablo pero en cazurro y absurdo, ya que su director, el tal Abbasi, en su ópera prima, olvida por completo explicar algo coherente al estupefacto y adormecido espectador que no para de mirar el reloj suplicando que este engendro termine cuanto antes. Y así es tal y como ocurre: hora y media de proyección (que, por cierto, se hace eterna) y, de golpe y porrazo, llega el final; un final tan brusco y tan poco explícito como el resto de su metraje. Otra de las de mear y no echar gota.


El siguiente título de la jornada fue I Am Not a Serial Killer, un film indie dirigido por el irlandés Billy O’Brien que se acerca a la personalidad de un adolescente que, criado en el seno de una familia propietaria de una funeraria en una pequeña localidad de Minessota, empieza a hacerse pajas mentales barajando la posibilidad de que pueda acabar convirtiéndose en un asesino en serie. La casualidad hará que en su pueblo empiecen a cometerse varios crímenes y, en sus pesquisas, descubrirá que tras la afable fachada de un achacoso y anciano vecino se esconde el misterioso y sádico asesino. Hasta aquí todo promete y la cinta te mantiene enganchado a su trama. Pero, a medida que se acerca a su recta final, la cosa cambia de tercio y se convierte en una inaguantable e inexplicable locura de lo más absurdo. Una lástima, pues hasta el momento, me lo estaba pasando la mar de bien. Eso sí, a tener muy en cuenta la interpretación de un Christopher Lloyd imponente dando vida al serial killer viejuno: para sacarse el sombrero.


El día, ya en sesión golfa, se cerró para mí con Anguish, la ópera prima de Sonny Mallhi, otra film de factura indie que, en el fondo, es otra tomadura de pelo más pues, desde un inicio, asegura basarse en un caso verídico cuando, en el film, el fantasma de una joven atropellada campa a sus anchas durante buena parte del metraje; un fantasma que, por cierto, intenta meterse en el cuerpo de otra chica con problemas psicológicos para que le sirva como médium y así poder contactar con su madre, a la que dejó con muy mal rollo pues, antes de morir, había tenido una fuerte discusión con ella. Aburrida, lenta, pésimamente filmada y sin apenas iluminación en muchos de sus pasajes. Vaya, que al director le regalaron una cámara digital y se olvidó de contratar a un buen director de fotografía que le arreglara ciertas situaciones anómalas. Otra tontería insustancial más que me tuvo bostezando todo el rato.


En el próximo post, un poquito más.

17.10.16

SITGES 2016: Jornada 6 (de despertares caníbales, trekkies desfasados, amantes futuristas, thrillers truculentos, desmanes de Rob Zombie y niños escapados de una película de Spielberg)

El 12 de octubre de 2016, sexta jornada de festival, los alrededores del Festival estaban a tope de gente por tratarse de un día festivo, lo cual, a pesar de la fuerte lluvia que estuvo cayendo durante muchas horas, provocó larguísimas colas ante todas las salas de proyección.

El día empezó en el Auditorio con Grave - Raw (Crudo), la película que obtuvo los premios Citizen Kane a la mejor dirección novel y el premio del jurado Carnet Jove a la mejor película. Se trata de una coproducción franco-belga que, dirigida por una mujer en su ópera prima, Julia Ducournau, muestra el proceso degenerativo de una joven vegetariana que, durante su primer año en la facultad de veterinaria en la que estudia su hermana, descubre que en realidad le va mogollón la carne humana. Con el canibalismo como tema central de la historia, lo que podría haber sido un film ciertamente interesante, se ve lastrado por los excesos de todo tipo que usa la realizadora para narrarnos los problemas existenciales de Justine, la chica protagonista (excelente Garance Marillier), tanto a la hora de plasmar los desmanes de los estudiantes más veteranos con los novatos de primer año (más que una universidad parece una prisión en donde los vigilantes hacen la vista gorda) como en el dibujo extremadamente desagradable del mal que se apodera de la moza. Aburrida y de muy mal gusto, a mí, personalmente, me puso de mala leche (que no de mal cuerpo, por mucho que quisiera la tal Ducournau), todo lo contrario que le sucedió a buena parte de la audiencia, que salieron entusiasmados con el desbarajuste propuesto.


A continuación, y aprovechando que este año el certamen estaba dedicado a los 50 años de Star Trek (hasta los lavabos del hotel Meliá aprovechaban el saludo trekkie clásico para distinguir entre los de hombres y mujeres), se proyectó la versión íntegra del primer largometraje de la saga, el Star Trek: La Película (1979) de Robert Wise, un producto que no ha sido remontado por el desaparecido Wise y que, para alargarlo en unos 15 minutos, se han utilizado varios descartes que en su día el realizador dejó apartados del montaje final. Si ya en su época este Star Trek me pareció aburridísimo debido a ese halo filosófico y pedantillo que desprendía (y que, en parte, quería acercarse al de la magistral 2001), vista hoy en día (y con el agravante de ser aún más larga, 146 minutejos de marras), no hay quien la soporte, y más teniendo en cuenta que sus efectos especiales (en su época innovadores) ya han quedado totalmente desfasados. Eso sí: siempre queda la curiosidad de volver a ver en pantalla grande a tan míticos personajes como el Capitán Kirk y Spok interpretados por sus actores originales. Sólo para trekkies sin remisión, de esos que andaban toda la semana disfrazados por las calles de Sitges.


Otra de las cintas que pudo verse ese día fue Equals, un film de ciencia-ficción indie que, producido por Ridley Scott y dirigido por el californiano Drake Doremus, retoma un tema ya clásico en el género: el de una sociedad futura y aséptica en la que los sentimientos han sido erradicados y en donde aquellos que se vean afectados por éstos serán tratados como enfermos apestados. Pues nada, un poco más de lo de siempre. Inevitable la parejita que empezará a sentirse atraída y dominada por los sentimientos y que tendrán que apañárselas para relacionarse escondidos de todo el mundo; una pareja compuesta por una irregular Kristen Stewart y un desaborido Nicholas Hoult, o sea, Nia y Silas, los amantes de Teruel, tonta ella, tonto él. La cinta posee buenas intenciones y emotivos y tensos pasajes, eso es innegable, pero su cansino ritmo narrativo y una asfixiante filmación (casi en su totalidad) construida a bases de primerísimos primeros planos (supongo que para abaratar costes), hace que al final acabe aburriendo hasta a las musarañas.


Más avanzada la tarde pudimos ver Detour, un film inglés, dirigido por el británico Christopher Smith (el de Desmembrados) y filmado íntegramente en los Estados Unidos. La cosa es trepidante, con lo cual entretiene y sus 97 minutos de metraje pasan volando, pero su estrambótica narrativa (a base de ir hacia adelante y hacia atrás en la historia), a pesar del nervio que le imprime, se me antoja altamente truculenta. En ella, asistimos a las aventuras y desventuras que habrá de vivir un joven pijo que, tras una noche de borrachera, se dejará convencer por un enigmático y violento personaje que le propondrá acabar con la vida de su padrastro si accede a pagarle veinte mil dólares. Divertida pero más falsa que un duro sevillano. Lo mejor de la propuesta, sin lugar a dudas, radica en la elección de Bel Powley para encarnar a Cherry, la prostituta con la cara marcada que mantiene una extraña relación de forzada sumisión con un truhan de muchísimo cuidado.


Por la noche, en el Auditorio y en sesión de gala, llegó uno de los títulos más esperados del festival. Se trata de 31, el nuevo film del para mi insoportable Rob Zombie, un producto que recoge, sin guión alguno, lo más sanguinario y perverso del realizador y contando, para ello, con su sempiterna pareja, la madura y aún atractiva Sheri Moon Zombie quien, en esta ocasión, demuestra, con todas las de la ley, lo mala actriz que es. El invento no es nada nuevo ni original. En él, cinco feriantes muy setenteros (lo hippie parece funcionarle de maravillas al estrafalario de Zombie) son secuestrados y encerrados en un gigantesco almacén abandonado. Allí, sometidos a un pasatiempo de lo más sádico (llamado 31), habrán de aceptar un cruento juego de supervivencia ante el ataque constante de personajes siniestros, sádicos y sin escrúpulos. Un aburrimiento supino, sin sentido alguno, en donde domina el gore por encima de todo. Este realizador está encallado en la misma película desde hace muchísimos años. Ya se sabe, producto con Malcolm McDowell en su interior (ya que el hombre forma parte del elenco) está destinado al fracaso. De nuevo, caca de la vaca.


La jornada la acabé ya en horario golfo (a la 1 de la madrugada) con Midnight Special, una cinta de factura muy spielberiana (por eso de los Encuentros en la Tercera Fase) que, dirigida por Jeff Nichols (el de las excelentes Mud y Take Shelter), nos muestra los avatares por los que pasará un padre que, para proteger a un hijo con poderes extrasensoriales, habrá de huir de una secta de fanáticos religiosos y del mismísimo FBI, ávidos éstos con la posibilidad de hacerse con el pequeño. Su look es impresionante y atractivo, el trabajo de Michael Shannon es espléndido (cada vez me gusta más este actor) y su primera parte es magnética y te atrapa por completo. Lástima que, una vez desvelado el porqué de los poderes del niño, al amigo Nichols se le va un tanto la olla y nos endilga una recta final de lo más patético e incluso ridícula. Una pena, pues la cosa prometía.


Y nada más. Viajecito hasta el hotel y a dormir, que al día siguiente hay que estar fresco. To be continued…